Monday, April 02, 2007

Un buen día

Despierto, crudo cobrizo de sangre. Me levanto, me estiro y camino al espejo. Un par de rasguños solamente; pelos revueltos y sucios; un ojo hinchado. Nagh, nada grave.
Solo en casa, de nuevo. La mujer salió de viaje y el chico no durmió aquí. La señora que viene a veces me dejó comida y leche servidas junto al microondas. Bostezo y exhalo. Mejor me vuelvo a la cama.
Acostado, pienso en las peleas de anoche. El primer desafortunado era un novato en el barrio, todavía pequeño. No le tuve piedad. Lo tomé por sorpresa bajo la sombra del gran pino de la esquina. Sólo quedó una plasta quejica de pelo y sangre. El putete debe aprender quién manda en esta cuadra.
Ja.
El siguiente fue un poco más difícil. Mientras daba mi habitual paseo nocturno, me encontré con un par de gatas chismeando en el parque. Una con el pelo a dos colores y la otra un poco más peluda de lo que prefiero, pero, ¿qué más da? Sexo es sexo. Sólo para eso sirven. Cuando me acerqué, erguido y caminando despacio para ser notado, escuché un ruido en la oscuridad de mi izquierda. Era el pinche güero, un bastardo casi tan grande como yo, que vive con la señora del 103, que venía decidido a ser el primero en tener sexo casual. El puto me silbó, preguntándome que qué se iba hacer. Ninguno de los dos cedería galantemente su lugar sobre las hembras al otro, así que habría que pelear. El perdedor se iría a casa madreado y sin coito; el ganador estaría madreado, pero contento por venirse. Simple.
Con los reflejos clásicos del adolescente y con la culerez aprendida de varias peleas, el güero me dio un golpe en el culo antes de que yo me diera cuenta de qué pasaba; pero, ¡oh, juventud imprudente!, sabedor de haberme marcado un buen golpe, el güero se volteó y se pavoneó frente a las gatas por la pequeña victoria; gatas como son, menearon sus culos emocionadas, como parándolos.
La edad me viene bien, y mis canas pesan más que mis cicatrices. Volteado y orgulloso como estaba, no me vio brincar. Salté y envolví al güero con mis cuatro extremidades mordiéndolo en el cuello, sin soltarle.
Sentí un rasguño en la mejilla. No me importó. Seguí apretando hasta que la boca me supo a sangre y entonces aflojé.
Las gatas, aburridas, ya se habían marchado. El güero se levantó con el cuello tinto. Retrocedió un par de pasos, inclinó la cabeza sumiso y se fue dejando un rastro de sangre hacia el 103.
Podrán llamarnos mamones, vagos y culeros. Pero no desconocemos el honor. Terminé mi ruta y regresé a la casa.
En la puerta de mi casa vi a el negro sentado, esperándome. Venía por la revancha. La última vez que nos vimos, se fue dándome la espalda y arrastrándose con la cola entre las patas. Escuché que desde entonces ya no puede tener coito. Sí, se me pasó la mano esa vez; pero esa especie, la especie de el negro, no es como la nuestra. Ellos no saben nada de honor. Sólo saben de tamaños y sangre.
Órale, le dije con la mirada. No me contestó. Se lanzó, como bien yo esperaba, de frente y a la carrera. Di dos pasos a la derecha para quedar de espaldas al rosal del vecino del 9. Cuando el negro brincó hacia mí, sólo salté hacia un lado y dejé que probara el filo de las espinas. Pero, el maldito collar que traigo se atoró en el de él y caimos juntos al macetero. Afortunadamente caí sobre él y mi collar cedió con el impacto. El negro yacía trabado y chillando entre las inclementes espinas del rosal, con su fétido aliento a dos centímetros de mi cara. Mareado por la asfixia previa del collar, no vi venir su dentellada. Justo por encima de mis ojos. Otro rasguño, pensé; aunque este sí que dolió. Retrocedí con los ojos cubiertos con mi propia sangre, viendo todo rojo. No cabe el honor con esta bestia, pensé. Así que, apuntando a los ojos, di dos zarpazos simultáneos y le arranqué la vista al maldito perro inmundo. Odio a los de tu clase, le dije. El negro me contestó con entonaciones que me sonaron a maldiciones, ya que nunca entiendo el idioma de su raza.
Vi que los vecinos prendían las luces, producto del escándalo de los chillidos de el negro; así que me retiré a mi casa, me eché un poco de saliva en la herida y me dormí.

Ahora, el ruido de la puerta me despierta y escucho a la mujer llamándome. Que se joda, me duele la cabeza.

-¿Cómo está mi bebé, mi niño precioso? ¡Ay, Gabriel! ¡Mira cómo nos lo dejaron! Le falta casi medio cráneo.

-Ja. Eso explica por qué el negro ya no trae ojos. No te preocupes, madre. Para él son sólo rasguños. Un par de puntadas y ya está. Aunque sí le debe de doler un poco porque el mamón no ha comido.

-¡Qué rasguños ni qué nada! Vamos al veterinario, déjame le hablo. Tu agarra una toalla y envuélvelo.

La mujer sale corriendo hacia el teléfono de la cocina. El chico sólo se sienta junto a mí y me sonríe. Sé que está orgulloso, porque adivina cómo me porté y lo que le hice a el negro.
Me acaricia la parte sana de mi cabeza y asiente, satsifecho.

-Ni un paso atrás, ¿eh, Fito?

Ni un paso atrás. Ronroneo y sacudo la cola mientras pienso que hoy fue un buen día.

***
De los discos del chico para ustedes:
It was a good Day, Ice Cube